El Copo. Sin título
Nadie imagine que esto de teclear casi a diario es reconfortante. Hay días, hoy es uno de ellos, que lo mejor sería parar. No es que no existan temas, los hay a porrillo. Pasa que es uno el que está muerto.
Volcado en analizar la cotidiana actualidad y en mirar a través de la ventana para ver el exterior, se encuentra uno con la vaciedad de su interior y prefiere correr los visillos, sucumbir a la penumbra y cerrar los ojos para ver qué pasa dentro de la propia pellejera.
No crean que me falta material para deslizar mis dedos por el maldito ordenador. Ocurre que la bendita abulia ha acampado esta mañana en mis retinas y mis ojos, adormecidos por ella, se sienten cómodos en una tertulia que mantengo conmigo mismo.
Si se escribiera por dinero, tal vez este copo sería harina de otro costal; si se tecleara por mantener el prestigio se buscarían fuerzas suficientes para salir adelante; si se tuviera el indicio de que el copo nuestro de cada día es una gota que a diario cala en la opinión de la sociedad, se seguiría dando el callo; si usted, hombre o mujer, me odiara por el vertido de mis opiniones buscaría la forma de convencerle para que me siguiera odiando más, pues sentirse odiado es una forma de vivir; y si me amase, mire usted, si me amase sería un cascabel de alegría dispuesto a soñar que le vida es bella.
Pero como no sé nada de usted, peor todavía, ni siquiera sé si usted existe como lector, me encojo de hombros y hoy, por ser hoy, no hablo de nadie ni de nada. Y fíjese que llevo escrito tres cuartas partes de este copo al que, por cierto, no sé que título colocarle.
Voy a ser sincero, por una vez voy a ser sincero. Estoy como estoy, o sea, no soy, porque los lunes leo con cierta fruición las columnas fijas de Montes y Quesada. Montes es feliz, al menos eso se desprende de su “Buena noticia” y Quesada, Antonio, se busca una y otra vez.
Sé que la literatura es ficción. No me refiero a Montes que me consta que lo que escribe lo vive, sino a Quesada, Antonio, que nos introduce en la ficción de su vida y a mí me hace pensar. Saben por qué. Se lo digo de un tirón. Ahí va: porque yo siempre he buscado mi propia definición y nunca la he encontrado.
Sé que no la voy a encontrar ahora, entre otras causas porque tampoco lo deseo. En esa cierta inconformidad conmigo mismo, en este copo sin título, en ese aspecto crítico soy feliz la mayoría de los días. Aunque lo pase mal, como hoy; pero este estado de consciencia pura, de saber y no saber que me apetece hacer mañana, este estado, querido Antonio J. Quesada, es lo que nos hace diferentes a otros. Lo malo sería querer ser como los que, con frecuencia, fustigamos, y a veces, sin caer en la cuenta, buscamos.
Tu última columna, El grano de maíz, es pura filosofía de vida. No eres una fotocopia y eso, hoy por hoy, querido amigo, es un milagro.






























