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NOTICIA AMPLIADA
26/06/2012

Manuel Gahete Jurado

Laudatio de Manuel Gahete, con motivo del Premio de las Letras Andaluzas "Elio Antonio de Nebrija", otorgado a D. Antonio Gala

En el Teatro Góngora de Córdoba, a 2 de marzo de 2012

Enemigo íntimo se declaraba Antonio mientras tocaba con su luz las palabras más oscuras y las encendía sin privarlas de su esencialidad de sombra. Supo que podía tañer ese cántico triste que destila el sonido de la felicidad…, inalcanzable: gozo intenso, efímero, con su acento de acidez y un balbuciente nosequé de ternura. Proclamaba en nombre del hombre un espacio posible. El hombre domesticado, sometido a normas, conculcado bajo torpes piedras de silencio, debelado por la avezada rutina de los días, acostumbrado a callar y a conformarse. Desde la serenidad, con infinita bravura, forjó una privativa teoría de la liberación que muchos habrían de secundar sin reservas.

 

Antonio Gala es el creador de un universo literario reconocible y propio, abierto siempre al desafío de los límites. Su horizonte dramático, innovador y compulsivo, establece un antes y un después en la dramaturgia contemporánea.  No hay más que acercarse a su palabra persuasiva, el rasgueo lírico de los diálogos, la intrepidez del discurso, el brutal alarde de humanismo, la violencia gentil de las pasiones, el galante juego de las verdades fingidas, la realidad expectante como telón de fondo. Su dramaturgia está investida de emoción e inteligencia, prodigalidad y equilibrio.  

 

            Lope de Vega, en la jugosa plática que departen Laurencia y Mengo en Fuenteovejuna, configura un interesante triángulo de amor, desazón y deseo, extraño tal vez al sentimiento amoroso que atenaza a los amadores ,y sobre todo, ajeno a ese erotismo amargo que arrastra a los enamorados a la muerte. Se trata de un amor festivo, lúdico, consciente de su voluble naturaleza y la posibilidad finita de su consunción, que busca el goce inmediato y no ata eternamente porque, en definitiva, conoce la exigua solidez del sentimiento, vulnerado con fiereza por prejuicios y convenciones.

 

Idéntica aspiración manifiesta Antonio Gala en muchos de sus poemas, jugando azarosamente con un nuevo significado, la belleza del amor, dotado con todas las pertenencias de la abundosa herencia literaria que, iniciándose en el bíblico Cantar de los Cantares, se funde en el sanjuanista Cántico Espiritual; arrastra las arenas de los clásicos; empapa a Juan de Mena, Jorge Manrique, el Marqués de Santillana; y alcanza los inmortales versos de Garcilaso de la Vega; para atraer a la memoria la primitiva lírica de nuestros ascendentes y espejarse en el caudal lírico de los poetas contemporáneos, así Rainer Maria Rilke.

 

Ginferrer pone el dedo en la llaga cuando asevera, a propósito de los Poemas de amor de Antonio Gala, que “si hay algo verdaderamente duradero, elevado, hermoso y noble en el legado literario de la lírica en castellano es sin duda ese tronco irrigador y fecundador de tradición poética”. Este legado brota incesante en la poesía erótico-amorosa de Antonio Gala. Desde la expresividad del octosílabo hasta los eneasílabos de espinosa arquitectura. Desde los ágiles heptasílabos hasta el endecasílabo heroico. Todo cabe en su voz madura y honda. Desde el barroco brocado Para Mirta hasta los atañidos por el aire de la fresca inspiración que Gala reúne en Sonetos de la Zubia. Gala y Góngora. Siempre el arte que conmueve la vida y no que la retrata. Al fin, el propio Antonio reconoce que la poesía no es “vía de comunicación” sino “posición de aprendizaje, de pregunta, de perplejidad: algo que no es más que una vía de conocimiento”, lo que ya manifestaba sin reservas el visionario Aleixandre.

 

La membrana poética deviene traspasada por continuos dilemas, un agallón de preguntas incontestables, el relámpago cósmico de la interrogación retórica. El amor lastima y duele. Los amantes son guerreros que vencen al ser vencidos. Y es frágil, quebradizo como el cristal más delicado. Si el amor tuviera como sino su esencia perdurable, tal vez perdería ese rozagante y persistente encanto, esa seducción súbita por la que todo se arriesga. Como advierte Pedro Cerezo cuando se refiere a Antonio Machado, estos poemas arrancados a la intimidad de la vida por la segur de la palabra destilan ese aroma romántico “del amor imposible, cargado de sueños y visiones erráticas, consumiéndose como una llama en su propia vivencia”.

 

Los poemas de Antonio, si embargo, no se abisman, en fatal pesimismo. En ellos, cunde fértil el fiero júbilo y la apacible pena; ese intenso trance entre el placer y la melancolía, la certeza y la duda. Como acaece con todo amor humano que se vive, que se sobrevive, que se coparticipa, que se integra. Antonio Gala respira ese hálito humano donde prevalece la belleza; versos que quedarán cristalizados como fibrosos surcos en láminas de nieve. Pero no hay verdad más deseable que la de saberse reconocido en otros ojos o en otro corazón, aunque este fuego dure el fulgor de un instante.

 

El valor de su obra novelística, desde El manuscrito carmesí, tan entroncado en el acervo andalusí que nos unge y nos curte, crece y no se extingue, por más que sintiera, al concluir El pedestal de las estatuas, que sería su última novela. Los papeles del agua cerraron el abisal vacío. Gala sigue escribiendo.

 

 Y si alumbra por su palabra escrita, tanto más deslumbra por su verbo prodigioso, tachonado de magia y de poesía; probado don que nos retorna a sus catorce años, edad en que pronuncia su primera conferencia en el Real Círculo de la Amistad de Córdoba. Condigo con los clásicos: Gala es hombre muy sabio y prudente. No hay más que oírlo hablar con tan grande elocuencia, su ornamento en el decir, el uso efectivo de vocablos dulces y sabrosos y el recurso de los muchos ejemplos acomodados al propósito de su menester. Su voz suena inflamada por un lenguaje hímnico.

 

            Doctor Honoris Causa por la Universidad de Córdoba y Miembro de Honor de nuestra Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, Antonio Gala se refleja en Córdoba porque Córdoba brilla en la mirada de Antonio Gala. Desde que su Fundación se asienta en el antiguo Convento de Dominicas del Corpus Christi, una luz dormida se enardece en los claustros desiertos; y ya no cesa de fulgurar en hornacinas, rincones, patios, estancias, acequias, alféizares; una luz copartícipe de la luz desleída en la fausta dulzura de unos ojos que se irisan cada nuevo año, con joven y renovada fuerza, en el vigor poético, la creación artística y el éxtasis de la música.

 

Desde el profundo centro de la viva llama que nos consume a todos en admiración y respeto, la Asociación Colegial de Escritores de España, con sede en Andalucía, en estrecha comunión con las instituciones cordobesas y andaluzas, te ofrece este merecido homenaje: a ti que eres forjador de idioma, popular y culto, donde se funde la poderosa ciencia de las tradiciones; a ti que nos has enseñado la mayor sabiduría, la que se transcribe con el lenguaje de la libertad, la que se transmite en la verdad del conocimiento; a ti, finalmente, que has llevado y llevas los nombres de Córdoba, Andalucía y las Letras por el mundo entero, de aquí a la eternidad.

             

                                                                          Manuel Gahete Jurado

                                                          

 




 
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